Este Sitio web utiliza cookies propias y de terceros para recopilar información estadística sobre tus hábitos de navegación y poder así mejorar y personalizar tu experiencia ofreciéndote contenidos de tu interés. Si sigues navegando, consideramos que aceptas su instalación y uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información en Política de Cookies. Aceptar | Más información


Piedad Martos Lorente


Cuando nacemos todas las personas llevamos escrito nuestro destino. El mío era de ser cuidadora, primero de tres niños entre cuatro y tres años (los pequeños eran mellizos), después de mi madre y, en la actualidad, de mi marido.


Hasta aquí todo entra en la normalidad de la vida diaria de cualquier persona. Cuidar de un ser querido no es nada extraordinario, sino un deber.

Lo extraordinario de esta historia está en las circunstancias que lo hago.
Mi destino me llevó, junto con mi familia, a vivir en el campo donde marcaría mi vida para siempre.

Allí encontré, cuando tan solo contaba con nueve años de edad, un explosivo perdido de la guerra. Lo encontré y lo perdí, lo encontré y lo volví a perder y lo encontré por tercera vez. Dicen que a la tercera va la vencida y así fue. Quise saber lo que aquel objeto desconocido guardaba en su interior y para ello le puse fuego, ya que no había otra forma de averiguarlo. Al momento explotó y yo perdí la vista de ambos ojos. 

Aquel artefacto se llevó mi infancia, mi juventud y la posibilidad de aprender a leer y escribir con un maestro particular, ya que en la zona no había escuela. Después de una larga convalecencia de tratamientos y operaciones, recuperé una mínima parte de visión solo de un ojo, con lo que me podía defender a duras penas.

Pasaron los años y el destino me llevó a Cataluña, donde me coloqué en una casa para cuidar a dos niñas y un niño entre cuatro y tres años. Cuando estos niños crecieron, yo conocí a un hombre y me casé. Hasta aquí todo bien, pero por poco tiempo. Mi madre calló enferma en una silla de ruedas y yo empecé con complicaciones. Un día una cosa, otro día otra, hasta quedarme a cero.

Ya no veía nada y mi madre cada vez peor. Sus cuidados eran cada vez más complicados ya que con poca cosa se le hacían hematomas y después las llagas.

Pero yo no me vencí. No podía hacerle esa jugada a mi marido, tenía que ser fuerte y salir adelante. Así que cogí al toro por los cuernos y me enfrenté a él… Es decir, haciendo todas las labores de la casa, limpiar, lavar, planchar y cuidar de mi madre hasta el fin de sus días, que fue veinticuatro años después.

Para entonces, mi marido ya padecía una enfermedad degenerativa que lo llevaría a vivir varias etapas pasando por la agresividad, la inmovilidad y la demencia.

La situación en la que nos encontramos actualmente es dura y difícil, por lo que es evidente que necesito ayuda, pero controlo personalmente sus cuidados, su alimentación y sus medicamentos.

Cuento con sesenta y ocho años de edad y nunca me he rendido ante ningún problema. Una vez perdida toda la vista, cuando ya tenía cincuenta y tres años, me propuse aprender el método Braille, con el cual volví a la vida… Recuperé parte de mi autonomía personal. Ahora leo, escribo y estoy metida en informática. He publicado dos libros de cuentos infantiles. Navego por el Facebook y por los blogs, en cuyas páginas tengo cuenta. Hago gimnasia y colaboro en grupos de la ONCE, así como en cursillos de cuidadores.
 
Hago manualidades con papel y macramé. Flores, cestos, lapiceros, pulseras y collares. Pero sobre todo me gusta escribir, expresar los sentimientos del corazón porque sigo siendo alegre y amo la vida.


POR EL AMOR QUE NOS UNE

Tú me ofreciste tus ojos,
tus pies y tus manos,
fuiste mi bastón de apoyo
en lo bueno y en lo malo.
Iluminaste con tu luz
el camino de mi vida,
hasta que un día se apagó
quedando solo la mía encendida.

Con ella alumbraré tu andadura
para que esta se haga clara,
desaparezca la sombra oscura
y el temor que te acompaña.
Sí, yo seré esa luz
que ilumine tu lucidez perdida,
y los brazos protectores
que te protegerán en tu vida.

Velo tus sueños y descanso
al pie de tu lecho en la noche,
durante el día ordeno cuidados
sin admisión de reproche.
Porque tu vida es mi vida,
tu bienestar es mi descanso,
tu alegría me acaricia el corazón
como si me dieras un abrazo.

Por eso, cuando te veo apagado
sin entender tus palabras,
se me encoje el corazón
y me duele hasta el alma.
Quisiera sacarte de ese pozo
y devolverte a lo que fue tu vida,
tus ojos sean mis ojos
y tu compañía mis cobijas.

Porque quiero que vivas, que sientas
no solo el amor que me

606
votos

Comparta en las Redes Sociales:


Otros Participantes

» Ver todos



© Caixabank, S.A. Todos los derechos reservados